«Me sé las respuestas. Lo que me da miedo es que me pregunten algo y se me borre todo.» Es una de las preocupaciones más comunes antes de una entrevista, y no distingue perfiles: le pasa a quien busca su primer empleo, a quien lleva veinte años de carrera y a quien ya pasó tres entrevistas técnicas sin problema y aun así llega a la cuarta con el estómago cerrado.
Si a ti también te pasa, hay algo que suele aliviar: quedarse en blanco casi nunca tiene que ver con lo que sabes. Tiene que ver con cómo se comporta la memoria cuando el cuerpo siente que hay algo importante en juego. Y esa parte, por suerte, se puede entrenar.
Por qué se te borra justo en ese momento
Lo que sabes sigue ahí. Lo que se complica es llegar a ello. Bajo presión, el cuerpo se pone en modo alerta y, con la alerta muy alta, a la parte del cerebro que busca recuerdos y arma frases le cuesta más hacer su trabajo. Por eso la respuesta perfecta aparece diez minutos después, bajando en el ascensor: pasó la tensión y el recuerdo volvió a estar a mano. (Lo que ocurre en el cuerpo está explicado con más calma en este artículo sobre los nervios.)
Hay otra cosa que casi nadie nota. Mientras respondes, una parte de tu cabeza hace de comentarista: «se me nota», «llevo demasiado rato sin decir nada», «seguro que piensa que no sé». Ese comentarista ocupa sitio, y el espacio mental con el que armamos una respuesta en tiempo real es bastante pequeño. Muchas veces el blanco no viene de que falten ideas, sino de que hay demasiado ruido.
Un miedo que se cumple solo
El miedo a quedarte en blanco tiene una mala costumbre: ayuda a que pase. Si llegas pendiente de detectar la primera señal de bloqueo, gastas en vigilarte justo la atención que necesitarías para pensar la respuesta.
Por eso el clásico «tú relájate» sirve de poco. Tiene buena intención, pero nadie se relaja porque se lo pidan (ni siquiera cuando se lo pide a sí mismo). Lo que sí ayuda es que tu cerebro tenga experiencias previas de haber salido bien de esa situación. Y eso no se consigue pensándolo; se consigue viviéndolo unas cuantas veces.
Decirlo en voz alta cambia las cosas
En psicología del aprendizaje hay algo muy estudiado: recordamos mucho mejor lo que hemos practicado sacando de la memoria que lo que solo hemos vuelto a leer. Releer tus logros diez veces te hace sentir que los dominas. Contarlos en voz alta tres veces hace que de verdad te salgan cuando los necesitas.
Piénsalo así: si la primera vez que cuentas cómo sacaste adelante aquel proyecto complicado es delante de la persona que decide, le estás pidiendo a tu memoria lo más difícil en el peor momento posible. Si ya lo contaste cinco veces, en la cocina, en el carro o donde sea, la historia sale casi sola aunque tengas el corazón a mil.
Ojo, esto no significa aprenderte guiones de memoria. Los guiones se desarman en cuanto te hacen la pregunta con otras palabras. Se trata de tener cinco o seis historias de tu trabajo que ya hayas contado. Si te sirve, puedes ordenarlas con el método STAR y ensayarlas con las preguntas que casi siempre salen.
Cómo irle perdiendo el miedo
En psicología, cuando un miedo pesa más de lo que la situación merece, una de las herramientas más usadas es la exposición gradual: acercarse a lo que asusta poco a poco, en dosis que se puedan manejar, hasta que el cuerpo aprende que puede con ello. Con las entrevistas funciona bastante bien, y más o menos se ve así.
Empieza fácil, pero hablando
Preguntas previsibles, sin prisa y sin público. No hace falta que salga bonito; lo único importante es que termines cada respuesta. Aunque te enredes a la mitad, llegar al final le enseña a tu cuerpo que la respuesta tiene un cierre y que eres capaz de llegar a él.
Sube cuando te aburras
Que algo ya te aburra es buena señal: quiere decir que ahí ya no se te dispara la alarma. Ese es el momento de pasar a preguntas más incómodas, a repreguntas, a un tono más exigente. Si subes demasiado pronto, lo más probable es que solo confirmes el miedo. Si no subes nunca, llegarás a la entrevista de verdad sin haber practicado lo difícil.
Ensaya el blanco a propósito
Esto suele sorprender, pero es de lo que mejor funciona. Cuando en una práctica una pregunta te descoloque, no la saltes ni empieces de nuevo. Quédate ahí, di tu frase para ganar tiempo y termina como puedas. Estás ensayando exactamente lo que te da miedo y comprobando que tiene salida.
Escúchate después
Casi todas las personas que se graban se llevan la misma sorpresa: ese silencio que por dentro duró una eternidad, en la grabación son tres o cuatro segundos. Y lo que dijeron después de la pausa suele estar bastante bien. Oírlo convence más que cualquier explicación.
Y si te pasa el día de la entrevista
Aunque practiques, puede pasar. La diferencia es que ya no te va a tomar por sorpresa. Esto es lo que suele funcionar:
- Dilo con naturalidad. Algo como «buena pregunta, déjame pensarlo un segundo» es completamente normal en una conversación profesional y te da unos segundos sin tener que disculparte.
- Suelta el aire despacio. Exhalar más lento de lo que inhalas baja un poco la tensión, y nadie lo nota.
- Repite la pregunta a tu manera. «O sea, te interesa saber cómo manejé un desacuerdo con mi jefatura…». Mientras la reformulas, la memoria se pone en marcha, y de paso te aseguras de haber entendido.
- Busca un ejemplo, no la respuesta ideal. «Me acuerdo de una situación en mi último trabajo…». Una historia concreta se recuerda mucho más fácil que una idea general, y además suele convencer más.
- Si no aparece nada, pide volver después. «Quiero darte un buen ejemplo, ¿te parece si lo retomo al final?». Manejar un tropiezo con calma transmite mucho más aplomo del que imaginas.
No siempre va a salir perfecto, y está bien. Solo saber que tienes un plan ya le quita bastante fuerza al miedo.
Dónde te puede ayudar Jobifly
La ansiedad anticipatoria, la que aparece antes de la entrevista, baja cuando practicas muchas veces en un lugar donde equivocarte no tiene consecuencias. Para eso existe Jobifly, y así puedes aprovecharlo:
- Practica con la oferta de verdad. Pegas la oferta a la que te postulas y respondes hablando a preguntas pensadas para ese puesto, así que ensayas con preguntas muy parecidas a las que te vas a encontrar.
- Ve subiendo de nivel. Puedes elegir el tipo de entrevista (recursos humanos, técnica o gerencial) y la dificultad: fácil, media o difícil. Es la exposición gradual descrita más arriba, ya armada: empiezas donde te sientas con confianza y subes cuando lo fácil ya no te acelere el pulso.
- Equivócate todo lo que quieras. Nadie te está evaluando. Puedes quedarte en blanco, usar tu frase para ganar tiempo y seguir, que es justo el ensayo que más miedo quita.
- Escúchate y léete. Al terminar recibes un análisis con el audio y la transcripción, lo que hiciste bien, lo que puedes mejorar y una respuesta modelo con estructura STAR para cada pregunta. Tómala como inspiración para la próxima práctica, no como algo para aprenderte de memoria.
- Fíjate en el camino. Cada análisis se va sumando en Mi Desempeño, donde ves cómo vas avanzando. A una mente ansiosa le cuesta ver el progreso: recuerda el tropiezo de hoy y olvida que hace dos semanas ni siquiera terminabas la respuesta.
- Cuando te sientas con más soltura, prueba una entrevista con varios entrevistadores a la vez. Es de las que más descolocan, y mejor que la primera sea de práctica.
Puedes empezar gratis, con 20 minutos de entrevista y sin poner tarjeta.
Para terminar
Quedarse en blanco es de lo más humano que puede pasar en una entrevista. Le ha pasado a gente brillante, con años de experiencia, en entrevistas que al final salieron bien. Quienes lo superan no son personas a las que nunca les pasa; son personas que dejaron de tenerle tanto miedo.
Y ese miedo no se va pensando en él. Se va hablando, en voz alta, una y otra vez, hasta que tu cuerpo entiende que una pregunta difícil no es una emergencia. Puedes empezar hoy mismo. Así, el día de la entrevista, no será la primera vez que lo digas.